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Cuando la verdad sea demasiado débil para defenderse, tendrá que pasar al ataque.
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Germán Ayala Osorio
Cada
vez más los noticieros de televisión en Colombia y en general la prensa, actúan
como unidades de negocio, cuyo objetivo primordial es entretener, para que sus
adormecidos consumidores terminen disfrutando de los diversos desastres
registrados a diario. Entretienen vendiendo información cuando no insulsa, por
lo menos sostenida en hechos caprichosamente elevados al estatus de noticia,
que terminan generando hilaridad o admiración, o en el mejor de los casos,
conciencia episomediática (pasajera y sin anclaje histórico).
A través de tratamientos noticiosos espectaculares, periodistas y editores
reconstruyen hechos y cuentan historias para cautivar receptores y animar en
ellos actitudes inconscientes y posturas acríticas, que resultan apropiadas
para los intereses comerciales de las empresas mediáticas y de los patronos,
nacionales y multinacionales, que hacen posible que todos los días haya
emisiones de noticieros y miles de periódicos, pero no por ello, la existencia
de un periodismo responsable y al servicio del devenir de la sociedad.
Como simples unidades de negocio, los medios masivos de comunicación no
informan para generar cambios colectivos en una sociedad sumida en la
incertidumbre y en el miedo o para confrontar modelos de vida ambientalmente
insostenibles, por el contrario, están para reproducir la escala de valores de
un sistema capitalista al que sólo le importa el consumo, desconociendo la
depredación ambiental y los efectos sociales y mentales que deja en los
ciudadanos consumidores, que confían ciegamente en los hechos noticiosos
presentados a diario.
En este caso, el consumo masivo, rápido e inconsciente de hechos noticiosos,
espectaculares y adobados adecuadamente, no se piensa para que los consumidores
reciban información veraz e imparcial, sino para que continúen aturdidos por la
avalancha de hechos negativos (asesinatos, violencia callejera, violaciones,
atracos), a partir de los cuales es difícil hacer disquisiciones que lleven a
los consumidores a conclusiones y a certezas sobre asuntos públicos. Lo que
buscan los medios masivos es confundir aún más a millones de receptores y sumar
a éstos, a los pocos que hacen parte de las llamadas audiencias.
Lo cierto es que las audiencias y los receptores, que cada vez son más, están a
merced de unas empresas mediáticas diseñadas para reproducir los valores y los
principios más perversos de un sistema capitalista que le pone valor a todo y
que usa a medios y a periodistas, y por supuesto, al periodismo como oficio,
para comercializar la vida privada de famosos y de no famosos, de víctimas y
victimarios de esa ya cotidiana violencia colombiana.
No hay forma de defenderse de estas empresas mediáticas. No hay contrapoder que
se les oponga y logre develar sus interesadas intenciones de ‘informar’. Bueno,
sí hay una posibilidad de confrontar a ese poderoso actor social, económico,
cultural y político: educación, posturas críticas, lecturas cruzadas, búsqueda
de fuentes alternativas de información y formación en criterio. Pero,
justamente, eso es lo más escaso por estos días entre las disminuidas
audiencias en Colombia.
Las complejas y difíciles circunstancias del contexto colombiano necesitan de
una prensa que esté al servicio del interés público. Se requiere de un
periodismo que no banalice los hechos, que no engañe, que no oculte, que no
minimice hechos y decisiones. Sería conveniente una prensa que controle a los
poderosos, que fustigue a los gobiernos, que informe para que las audiencias
tomen conciencia y se movilicen en contra de lo que es abiertamente ilegítimo,
inapropiado, perverso o inconveniente para las grandes mayorías.
Hoy en Colombia, los ciudadanos no sólo están a merced de un Estado precario y
de gobiernos cada vez más hincados a los poderes locales y transnacionales,
sino que son víctimas de unas unidades de negocio, autodenominadas medios
masivos, que dicen hacer periodismo y que creen, a pie juntillas, que lo que
entregan a diario es información útil para la vida en sociedad.
Lo que hay de fondo, también, es una profunda crisis no sólo de la forma como
se hace periodismo, sino como se piensa el periodismo, si miramos el concepto
de noticia con el cual periodistas y editores miran ciertos hechos y los elevan
a ese estatus.
Y peor resulta el panorama para el periodismo colombiano, al ver el silencio
cómplice de las facultades de periodismo, escenarios en los que poco o nada se
discuten estos asuntos y en los que se siguen y se reproducen las ‘exitosas’
recetas con las cuales esas unidades de negocio hacen periodismo.
Jueves, 12 de enero de 2012
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