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Revista
Cierto - EL MEDIO DE LOS MEDIOS
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Fiador-codeudor,
homilía, sintaxis, consigo
En conclusión, ‘fiador’ y ‘codeudor’ («persona que con otra u otras participa en una deuda») son, con esta comprometedora y espeluznante acepción, sinónimos.
Cuando don Quijote estaba a punto de montarse en Clavileño, se detuvo para cerciorarse de que su caballo, por algún ‘encantamento’ de Malambruno, no resultara como el famoso de Troya, por lo que «quería ver primero lo que Clavileño trae en su estómago». Intervino, entonces, la Dolorida diciendo: «No hay para qué, que yo le fío y sé que Malambruno no tiene nada de malicioso ni de traidor» (II-XLI). Con estas palabras, la dueña se ofrece como ‘fiadora’ de Malambruno, es decir, que confía en él y responde por su rectitud y compromiso. El verbo ‘fiar’ viene del latino ‘fídere’ a través del vulgar ‘fidare’, que significa «fiarse, confiarse, tener confianza en». Y de este verbo procede también el adjetivo ‘fiador-a’, objeto de este párrafo. El señor Fernando Marín, en la sección Línea Directa de LA PATRIA (11/5/2012), dice que ‘fiador’ sólo se puede aplicar como lo hizo Cervantes en el episodio de Clavileño. ¡Ojalá! Desafortunadamente, para todos aquellos que confían en sus familiares o amigos o conocidos, y firman en los contratos de arrendamiento en donde dice ‘fiador’, no es así. En efecto, según el diccionario de la Academia de la Lengua, ‘fiador’, en su segunda acepción, es la «persona que responde por otra de una obligación de pago, comprometiéndose a cumplirla si no lo hace quien la contrajo». ¡De malas, muy de malas! Y, cosa curiosa, no da la acepción que expone el telefoneador Marín, expresada en el de María Moliner, pero en forma difusa: «Se aplica al que responde por otro», definición que se puede interpretar de muchas maneras. En conclusión, ‘fiador’ y ‘codeudor’ («persona que con otra u otras participa en una deuda») son, con esta comprometedora y espeluznante acepción, sinónimos.
***
Parece que el redactor de la sección «Revista», de LA PATRIA, escuchó la
palabra ‘homilía´, le gustó, y se propuso echar mano de ella en la mejor
ocasión, pero con tan mala suerte, que salió con esto: «También se hará una
homilía por los profesionales fallecidos» (9/5/2012). Esto fue el día
dedicado a los veterinarios. La palabra ‘homilía’ (del griego ‘homilía’ =
asamblea, compañía, trato; entretenimiento, enseñanza) llegó a los dominios
del castellano, según Corominas, en 1584, con el significado de
«conversación familiar». María Victoria Reyzábal, autora del «Diccionario de
términos literarios», dice de ella lo siguiente: «Comentario realizado sobre
materias religiosas e interpretación de textos sagrados. Es un subgénero de
la oratoria sagrada, como el sermón, de formulación sencilla y didáctica,
con larga tradición dentro del cristianismo. Entre nuestros autores son
reconocidas las homilías de Fray Luis de Granada». Supongo que el
desafortunado redactor quiso decir ‘eucaristía’, con el sentido de
«celebración de la misa». ¡Con lo fácil que es consultar un diccionario!
¿Habrá uno siquiera en la sala de redacción de LA PATRIA?
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Juan Gossaín, indudablemente, es un buen escritor, tan conocido que no
necesita presentación, y cuyo solo apellido es suficiente para saber de
quién se trata. Ya no ejerce el oficio que le dio este tan merecido
reconocimiento, pero sigue escribiendo. En su artículo, «Cuando la
diversidad regional se volvió agravio», redactó de este modo: «Eso fue lo
que hice una mañana de estas. Más me valiera no haberlo hecho» (El Tiempo,
11/5/2012). En esta segunda oración, según el contexto, la sintaxis
(«coordinación y unión de las palabras para formar las oraciones y expresar
conceptos») se fue a pique, porque, como se trata de un hecho pasado («Eso
fue lo que hice…»), en lugar del subjuntivo ‘valiera’ (pretérito
imperfecto), debió emplear el condicional compuesto (antepospretérito) de
indicativo, así: «…más me habría valido no haberlo hecho». O con el
subjuntivo, pero en esta forma: «Más me hubiera o hubiese valido (pretérito
imperfecto compuesto) no haberlo hecho». Es buena, en cambio, la sintaxis en
este texto evangélico: «…y al que escandalizase a uno de estos pequeñuelos
que creen en mí, más le valiera que le colgasen al cuello una rueda de
molino de asno y lo hundieran en el fondo del mar» (Mateo, XVIII, 6).
En latín, ‘conmigo’ se dice ‘mecum’, en lugar de ‘cum me’; ‘contigo’,
‘tecum’; y ‘consigo’, ‘secum’. Esta construcción la tomó el castellano,
convirtiendo la preposición ‘cum’ en el enclítico ‘co’, pero conservando la
preposición ‘con’, y formando de manera pleonástica con estos tres elementos
unidos las locuciones pronominales de ablativo ‘conmigo’, ‘contigo’ y
‘consigo’. De acuerdo con estas nociones, el señor Juan Carlos Duque Reina
no las tenía todas ‘consigo’ cuando escribió lo siguiente: «Mi Cristo roto,
un diálogo con sí mismo» (LA PATRIA, 11/5/2012). «Un diálogo consigo mismo»,
señor. Y esto es así desde mucho antes de las aventuras de un caballero que
vivía en un lugar de la Mancha. De la siguiente manera se expresaba
Cervantes: «Yo apostaré que este buen hombre que viene consigo (con él) es
un tal Sancho Panza, su escudero, a cuyas gracias no hay ningunas que se le
igualen» (Don Quijote de la Mancha, II-LVIII). Ahora bien, si el artista de
la talla hablaba en primera persona, como lo supongo, la frase correcta
sería ésta: «Mi Cristo roto, un diálogo conmigo mismo». Elemental.
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La VEINTITRÉS: Alameda de la grasa e inseguridad.
Lunes, 28 de mayo de 2012
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